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challenger

Desde que salió allá por septiembre del 2004 la revista "Tokyo Graffiti", no ha habido mes que no haya faltado a la cita quiosquera de esta interesante a la vez que inclasificable revista. Bajo el epígrafe "New Generation Magazine", la revista pulsa por medio de fotografías aspectos sociales y generacionales de Japón. Aparte de los típicos snapshots en Harajuku mostrando las últimas tendencias masculinas y femeninas, hace también un recorrido por diferentes barrios intentando captar las diferencias generacionales en cuanto a la forma de vestir. Así por ejemplo, en el barrio de Sugamo retrata a la tercera edad, en el de Futagotamagawa a los jóvenes matrimonios con hijos, en Akihabara a los otaku y demás especímenes, en Aoyama niños pequeños a la última paseados por unos orgullosos padres que nunca salen en la foto, y en cada número un barrio invitado para que descubramos su estilo y tendencias. Impagable es también la muestra de apartamentos -fiel reflejo de la personalidad de su inquilino-, las comparaciones fotográficas mismo lugar/misma pose de gente en plan 25 años después, o las fotos de pareja en donde se ve que menos la hermosura, todo se pega y especialmente la forma de vestir.

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Aparte, a través de pequeñas fotos tamaño carné en las que una persona sujeta una pizarra escrita con su opinión, se muestra el parecer de diversos colectivos sobre algún tema en concreto. La muestra es bastante heterogénea, y los grupos van desde estudiantes de instituto, sacerdotes de diversas religiones, salaryman, camareros, transportistas, hostess, extranjeros, jubilados, universitarios, etc. En el último número, y ante la pregunta de cual fue la noticia que más te había impactado, el grupo de extranjeros coincidió en los ataques terroristas. Muchos en el de las torres gemelas, y curiosamente tres españoles incluidos en la muestra coincidieron en el atentado de Madrid del 11M. Pero particularmente me llamó la atención la respuesta de un estadounidense que afirmaba que la noticia que más le traumatizó fue la explosión del Challenger, vivida y compartida en su jardín de infancia.

Fue entonces cuando recordé mi primer y único diario, de tapas verdes y cerradura con cadenita dorada. Un diario que debí de recibir como regalo cuando aprendí a escribir, y en el que probablemente no llegué a llenar más de diez páginas, antes de descubrir que el papel semejante a cartulina del diario, era perfecto para dibujar o hacer aviones. Tras la primera anotación de rigor en plan "querido diario que feliz estoy por tenerte voy a compartir contigo todos mis secretos", y las siguientes monótonas y aburridas descripciones de "hoy he ido al colegio, he comido macarrones, he visto Barrio Sésamo mientras merendaba, etc", el diario se convirtió en lo más parecido a la sección de necrológicas de un diario cualquiera. Muertes y desgracias. De entre ellas, todavía recuerdo la anotación que hice sobre el fatídico accidente del Challenger, del que recientemente se han cumplido veinte anos. Con la letra semejante a un garabato propia de un crío de 6 años, todavía sin domesticar por la disciplina de los cuadernos Rubio, escribí con mi mejor letra y con el mayor tono solemne del que era capaz: "hoy ha estallado el Challenger". Para hacer más efectiva la noticia, incluí un esquemático dibujo de lo que debería de ser el trasbordador en el momento del despegue, y unas líneas que semejaban la trayectoria zigzagueante de su colapso. Una noticia que me debió de impresionar, y que en ese juego infantil de buenos y malos que nos vendían con eso de la guerra fría, en mi caso terminó por crear una imagen bastante chapucera de los norteamericanos. Impresión alimentada por las excelencias técnicas soviéticas que ya había visto en la película "Firefox", que ni el mísmisimo John Rambo luchando contra los malos malísimos soviéticos en Afganistán consiguió hacerme cambiar. De ahí que en todos mis dibujos infantiles de guerras, los españoles siempre ganábamos a los yanquis.

Bonita infancia.

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