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tokyo no yoru // monochrome
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Docomomo es el acrónimo de DOcument and COnservation of buildings, sites and neighbourghoods of the MOdern MOvement, una organización académica fundada en Holanda en 1988 por Hubert-Jan Henket, con el único propósito de conservar el legado arquitectónico modernista, o lo que es lo mismo, el de aquellos edificios contruidos entre 1920 y 1970. Japón se convirtió en el primer país asiático en pertencer a esta organización en 1998, y desde entonces sus miembros velan por la difícil preservación arquitectónica, en un país empeñado en demoler cualquier "ruina" que no cumpla con los debidos preceptos de seguridad por muy histórica que sea.
En el 2003, el comite japonés creó una lista con las cien construcciones modernistas más importantes de Japón, en la que además de clásicos como los apartamentos Dojunkai, empatan en el número de edificios (6) los arquitectos Kunio Maekawa y Kenzo Tange
Con ocasión del centenario de su muerte, la sala de exposiciones de la Estación de Tokio -pequeña pero muy "modernista"- alberga una retrospectiva de Kunio Maekawa, o lo que es lo mismo, un repaso a la evolución de la arquitectura japonesa del siglo XX. Discípulo de Le Corbusier e indirectamente de Frank Lloyd Wright a través de Antonin Raymond, Maekawa es considerado el padre del modernismo en Japón, y su legado abarca todo un siglo de cambios históricos que de alguna forma dejaron su impronta en un hormigón, cuyas trazas han seguido varias generaciones de arquitectos.

The international house of Japan de Maekawa. Fotografía de Koichiro Kanematsu
A Maekawa se le podría considerar el arquitecto oficial del gobierno y de lo políticamente correcto, siempre a cargo de las grandes obras estatales e intentando mantenerse lejos de los vaivenes políticos que podrían dejarle sin trabajo. Durante la II Guerra Mundial, los proyectos de Maekawa para el régimen poco tenían que envidiar a las megalómanas construcciones de Albert Speer. Enormes centros de "intercambio cultural" en Tailandia, edificios gubermamentales en Manchuria, plantas industriales en Japón, ampliación del palacio Imperial o edificios corporativos japoneses en Shanghai fueron algunos de sus proyectos que aunque muchos no pasaron del papel, no cayeron en saco roto. Tras la guerra, las adjudicaciones a Maekawa siguieron fluyendo y su círculo de influencias continuó ampliándose, lo que le valió por ejemplo la construcción de la central del banco Sogo, así como muchas de sus filiales por todo Japón.

Interior del Tokyo Bunka Kaikan de Maekawa. Acuarela de Jean-Philippe Delhomme para Casa Brutus, Septiembre 2004
Habitual arquitecto de los pabellones de Japón en diferentes Exposiciones Internacionales, y con gran presencia en la Expo de Osaka, sus obras en hormigón desnudo, de líneas sobrias y sobredimensionadas, creaban un efecto intimidador perfecto para dar presencia a los edificios gubernamentales. Muchas de las sedes de los gobiernos prefecturales, así como auditorios o centros culturales, llevan la marca de esta arquitectura funcional y sin estridencias siempre con el beneplácito de la administración central.
Tras el hormigón llegó el ladrillo, y con el cambio el estilo de Maekawa terminó en mi opinión por volverse gris, pese al colorido almagre del barro cocido. Obras como el edificio Tokyo Marine, el museo metropolitano de Tokio o el museo de arte oriental en Colonia, Alemania, son algunos ejemplos que no pasarán a la historia, de un arquitecto convertido en la sombra de lo que fue y que buscaba reinventarse a si mismo. Por ejemplo, el ladrillo desnudo de colores brillantes del Museo Metropolitano, crea una sensación de agobio visual que desde luego no invita a la contemplación estética. Un museo debiera de caracterizarse por sus paredes lisas de colores apagados, que diluyan y refresquen la mente tras cada contemplación pictórica, vaciándola y relajándola para el siguiente cuadro.

Interior de la residencia Maekawa
Pese a ser el padre del modernismo y catalizador de las influencias europeas, pienso que su obra más conseguida fue su propia casa. Un ejemplo de conjunción de estilo japonés y funcionalidad modernista, que recrea a la perfección lo que debería de ser la máxima de toda arquitectura: adaptación cultural y con el entorno. Terminada en 1942, su casa guarda el embrión de los módulos habitables prefabricados que establecidos por todo Japón, darían cobijo a muchas de las familias deshauciadas durante la posguerra. Módulos en madera diseñados por un Maekawa en plenitud, que marcarían el patrón de lo que debería de ser una reinterpretación moderna del espacio familiar tradicional.
Los edificios de Kunio Maekawa recogidos en el top 100 de Docomomo Japan:
- Kimura Sangyo Laboratory, 1932. Aomori.
- Nippon Sogo Bank, 1952. Tokyo.
- Kanagawa Prefectural Library and Music Hall, 1954. Yokohama.
- The International House of Japan, 1955. Tokyo.
- Kyoto Kaikan, 1960. Kyoto.
- Tokyo Bunka Kaikan, 1961. Tokyo.
madriz
De vuelta de la vorágine inmobiliaria en que se ha convertido Madrid, y con la convicción una vez más de que en cada vuelta otro recuerdo ha dejado de pertenecerme, reflexiono sobre esta ciudad canalla que peligrosamente va cerrándose sobre si misma. La proliferación de barrios dormitorios de calles solitarias faltas de comercios, zonas verdes o plazas vertebradoras; en donde sólo la imponente presencia de un enorme e impersonal centro comercial parece dar algo de color, amenaza con aislar aún más el carácter de unas gentes que siempre han tenido fama de abiertas. Los nuevos barrios, lejos de ser modernas construcciones fruto de algún estudioso urbanista, no son más que calcos de los masificados barrios franquistas de obreros, en donde casas de pisos baratos construidas con el mismo molde, ocupaban cuadras enteras en donde era difícil encontrar un comercio o un taller en alguna de sus calles. Con el tiempo los comercios se abrieron paso desde los oscuros sótanos a golpe de pico, aunque su paso ha sido fugaz ante el empuje de unas grandes superficies que han puesto en jaque a unos comercios que más allá de ser proveedores, ejercían la función junto a los bares de ágora del pueblo. Hoy los bares se convierten en franquicias, y desde los sótanos de las nuevas construcciones no salen más que coches.

El colorido social de un pueblo siempre habituado a vivir en la calle parece haberse perdido, siendo sustituido por la algarabía de unos inmigrantes que por suerte dan algo de calor humano a las vacías zonas comúnes de esta ciudad que se desmembra, ante la complaciente mirada desde la distancia de unos ciudadanos atrincherados en sus hipotecas con seguridad 24h y pista de paddle.
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