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kawa
Todavía recuerdo con nostalgia las riberas verdes del Arakawa, y esos paseos en donde tus pensamientos se enredaban con el horizonte, arrastrados por el mismo viento que susurruba a los campos de arroz.
La huida del tedio dominical, me lleva a veces a coger ese tranvía que arrastra una melodía de campanillas (chin-chin densha) y dejarme caer por alguna pequeña estación de algún perdido barrio de Tokio. Mi úlimo viaje, marcado quizás por la obsesión de un bálsamo de agua fluyendo, acabó frente a un río. El nombre de la estación -Arakawayuenchi-, aunque hacía pensar en el paso del río de igual nombre, encerraba además una sorpresa: parque de atracciones.

Nada más bajarme de la estación, y a medida que me iba acercando a mi destino, la algarabía de niños y padres iba en aumento. El camino hasta el parque de atracciones está flanqueado por antiguas jugeterías, tiendas de caramelos, y pequeños restaurantes con menú para niños, dispuestos como una red para atrapar las emociones de unos niños que quizás hayan estado esperando toda la semana para tamaña excursión. Precisamente sorprende ver niños, muchos más de los que se ven en un Disneyworld tomado por adultos, y por las filias de unas mujeres con un grave complejo de Peter Pan.
El encanto de los pequeños y antiguos parques de atracciones es algo con lo que nunca podrán competir los enormes e impersonales parques temáticos. En Madrid, el viejo parque de atracciones parece haber ganado la batalla al enorme Warner, aunque si hablamos de parques con encanto, me quedo con el frío olor a moho del parque de atracciones del Monte Igueldo, y sus viejas atracciones que aún hoy, despiertan la imaginación de los más pequeños. Arakawayuen es uno de esos antiguos parques de atracciones, cuyo encanto no reside en estratosféricas montañas rusas, ni en referentes televisivos, sino en la sorpresa de las pequeñas cosas magnificadas por la enorme capacidad de sorpresa de unos niños, descubriendo por vez primera las reacciones de unos animales de granja, o la altanería de unos patos y cisnes ajenos al pan que satura el pequeño lago. Un espacio a la medida de los más pequeños, en donde ensayar tradicionales juegos de verbena al son del dulzón olor a anko (pasta de judías dulces), y sitio en donde compartir esos juegos de tradición oral con desconocidos compañeros, ajenos todavía a la soledad de los videojuegos.

Tras el pequeño parque, por fin la vista del río que tanto andaba buscando, aunque no era mi buscado Arakawa, sino el Sumida. Antiguamente, Sumida era el nombre dado al río Arakawa a su paso por la capital, aunque hoy en día tanto el Arakawa como el Sumida pasan por Tokio... La explicación es de índole histórica. En agosto de 1910, las fuertes lluvias acontecidas en la región de Chichibu (Saitama) provocaron el desbordamiento del Arakawa (entonces algo desgraciadamente habitual), la consiguiente inundación en Tokio que provocó la evacuación de más de un millón de habitantes y pérdidas millonarias para la época. Bajo la dirección de Aoyama Akira, ingeniero japonés que había participado en la construcción del Canal de Panamá, se llevó a cabo el dragado del río, y la construcción de un segundo afluente que canalizase el enorme caudal. Cuando en 1922 el Arakawayuen fue construido, el río era todavía el Arakawa, aunque cuando por fin terminaron las obras de canalización en 1930, Tokio contaba con dos ríos comunicados: el Sumida y el Arakawa, cuyo curso en ocasiones va paralelo.
Tokio anegado en el año 43 del periodo Meiji (1910)El atardecer se escapaba reflejado en las montañas de apartamentos que flanqueaban un río, sólo transitado por el último vapor que comunica este parque de atracciones con Asakusa. Con el parque ya cerrado, los últimos niños apuraban sus correteos frente al río, bajo la sombra de la inmóvil noria que ya había perdido sus luces de colores. Era entonces cuando el rumor del agua se hacía evidente, y su murmullo acompañaba a los ancianos viandantes del paseo fluvial de este pérdido y tranquilo barrio de Tokio, conocido todavía como Arakawa.

Arakawayuen es el segundo parque de atracciones en funcionamiento más antiguo de Tokio, tras el de Hanayashiki en Asakusa, fundado en 1853.
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Japón y China están condenados a encontrarse. Y aunque en el tema político-económico las diferencias todavían parecen irreconciliables, el flujo cultural entre los dos países es cada vez mayor. Algo que sin duda limará esas pequeñas diferencias sociales, ayudando a la larga a un mejor entendimiento.
"Hands" de Kin-Wai ChauHasta hace bien poco, Japón ha ocupado una situación de hegemonía cultural en toda Asia. La influencia se hacía palpable en todas las artes, que veían en la copia japonesa una sofisticación de la que carecía el arte autóctono. Tras la asimilación y aprovechando la "bonanza" económica que vive la región, por fin el flujo cultural se ha vuelto bidireccional, y lo que se cuece en ciudades como Shanghai y Hong Kong es seguido con atención por los medios locales japoneses. Han sido muchos los especiales sobre Shanghai aparecidos en revistas de muy distinto pelaje, aunque todas coincidieron en resaltar el dinamismo de una ciudad rebosante de juventud y buenas ideas, ajena de momento a los vaivenes de un mercado que cada vez asfixia y uniformiza más el mundo del arte en Japón. Una situación, la japonesa, que también se da en Hong Kong. La antigua colonia británica, excepción cultural dentro de la china maoísta, representa una posición enquilosada dentro del panorama del diseño actual, que se limita a seguir los pasos establecidos por Japón y Europa, en una posición muy conservadora resultado de su larga experiencia como economía de mercado. Se quejan los diseñadores y artistas de Hong Kong de esta uniformidad en donde la originalidad brilla por su ausencia, y todo se supedita a los estudios de mercado bajo la sombra de lo políticamente correcto.
El especial de +81 sobre esta ciudad, titulado "Asian creatives: Hong Kong Now", y publicado en plena resaca tras la bienal, es un intento por ofrecer lo más alternativo de una ciudad que lucha por encontrar su identidad en algún remoto punto entre Oriente y Occidente. A tenor de lo visto, globalmente aportan poco a la escena artísitca internacional, y sólo algunas individualidades (muchas no nativas) consiguen aportar algo nuevo a la escena artística de una ciudad condenada a ser la eterna ciudad de los negocios, en donde no tiene cabida el arte.

Lo mejor sin duda de esta ciudad es Wong Kar Wai. Nacido en Shanghai, se trasladó con su familia a Hong Kong cuando tenía cinco años, ciudad que le adoptó y a la que cautivó siendo un clásico de los Hong Kong Film Awards. De Wong Kar Wai poco queda por decir que no se sepa, un punto compartido por los editores de +81, que decidieron centrarse en el equipo que le rodea. Un grupo de creativos que llevan con Wong Kar Wai desde sus primeras películas, y que como él mismo reconoce, son esenciales en el proceso creativo de sus películas, y parte indisoluble de su éxito y de su tan personal estilo.
William Chang, mano derecha de Wong Kar wai, es un reputado director artístico que abarca desde el diseño de producción, al vestuario o incluso el montaje. Toda una institución en Hong Kong, y ejemplo a seguir por muchos jóvenes cineastas. Cristopher Doyle y Wing Shya se reparten las funciones como directores de fotografía de unas películas de particular textura, que deben de seguir las abstractas indicaciones de Wong Kar Wai. Cuentan por ejemplo que para "In the mood for love", Wong Kar Wai les dijo que quería una "atmósfera roja"... Tras probar diferentes tipos de película, finalmente eligieron el de una pequeña compañía de Nueva York, cuya película recordaba a las texturas de los años 60, con la mala fortuna de que ya no producían ese tipo de película y la compañía estaba al borde la quiebra. Afortunadamente consiguieron hacerse con los últimos 200 rollos de una compañía que desapareció finalmente.
Entrevistas aparte, resulta interesante también una pequeña guía de Hong Kong, para aquellos viajantes que buscan algo más que el nuevo Disneyworld.
Pequeño directorio de artistas/diseñadores/fotógrafos en Hong Kong
- Kan Tai-Keung & Freeman Lau
- Alan Chan
- Hon Bing-Wah
- Tommy Li
- Stanley Wong
- Hung Lam
- Kabo
- Kenneth To
- Lio Beardsley
- Benny Luk
- Victor Cheung
- Francis Lam
- Kin-Wai Chau
caja tonta
Desde hace casi dos años, las campañas de publicidad del televisor de plasma Aquos de Sharp, llaman la atención no por su su estilizada composición (que también), sino por su esfuerzo integrador de un aparato tan voluminoso en los hogares japoneses. O al menos eso se desprende de unos anuncios que siempre siguen la misma temática: Un edificio arquitectónicamente singular, una cuidada fotografía, y una vieja gloria en kimono.

Tradición frente a modernidad es el gastado eslógan que se desprende de unos anuncios que parecen querer enseñarnos que la fusión entre espacios estéticos tan alejados puede lograrse. Craso error. Porque si hay algo que precisamente sorprende, es la desproporción entre el gigante televisor de plasma y el espacio que le rodea. Como si hubiese un elemento ajeno que perturbarse la belleza de unos paisajes empequeñecidos por el gran agujero que es el LCD negro de la pantalla.

Y si pese a los esfuerzos integradores de la publicidad, la diferencia se hace tan claramente perceptible, su extrapolación a un casa japonesa de verdad (y no de anuncio) puede ser un atentado estético en toda regla. El ambiente social influye en el desarrollo tecnológico, y Japón en este sentido no es una excepción. La razón por la que en Japón se invertía en televisores en alta definición, mientras que en Estados Unidos la tecnología pasaba por enormes televisores es bien simple: una cuestión de espacio. Las casas japonesas son ratoneras en comparación con las enormes mansiones de los suburbios estadounidenses, lo que se refleja en el tamaño de la habitación en donde se ve la televisión. Un estudio demostró que la distancia desde la que se veía el televisor en estados unidos era mucho mayor que la de Japón, simplemente por una cuestión de proporción en cuanto al tamaño del salón de casa. Por tanto, una televisión de alta definición poco sentido tendría en Estados Unidos, cuando el cambio sería casi imperceptible desde la distancia a la que se ve la televisión, mientras que en Japón la alta definición si que sería justamente apreciada.

Ahora bien, alta definición en un enorme televisor de plasma es algo que sencillamente no "cabe" en la sociedad japonesa. Y mucho menos en una idílica habitación de tatami como quiere hacernos creer Sharp.

Pienso que el mayor avance tecnológico posible es que sea imperceptible y se confunda con el medio que nos rodea. Y si es inevitable que el aparato sea visible, al menos esconderlo o hacerlo pasar por algún objeto de diseño. O lo que es lo mismo, recuperar los principios de la Bauhaus, para conseguir la tan buscada reconciliación entre funcionalidad y belleza.

Los quebraderos de cabeza de Tanizaki Junichiro por adaptar a una casa tradicional japonesa avances como un ventilador o una lámpara -reflejados en su famoso "Elogio de la sombra"de principios del siglo pasado-, no serían nada si hubiese sabido del cambio que supondría la llegada de la televisión. De golpe, un enorme aparato invadió el limitado espacio contenido en cuatro tatami y medio (yojôhan), rompiendo toda la disposición jerárquica de una familia que hasta entonces giraba en torno al kotatsu (mesa camilla), cediéndole a la televisión el papel de un convidado de lujo al que todos prestaban atención.

Con el tiempo, la televisión terminó por salir del inhóspito tatami, para adaptarse entre las librerías de una habitación de estilo occidental, y más recientemente, camuflada bajo el cromado de algún portátil de última generación. Y es que en una habitación de tatami, sólo el tokonoma tiene el privilegio de destacar. Un principio que parece haber sido olvidado, o supeditado a una fiebre tecnológica que en mi opinión, nunca podrá ofrecer la belleza de un pequeño y cuidado jardín, visto tras los shoji de una desnuda y cálida habitación de tatami.

Referencias
"Elogio de la sombra". Junichiro Tanizaki. Editorial Siruela, 1994
"Do Android Crows Fly Over the Skies of an Electronic Tokyo? - The Interactive Urban Landscape of Japan". Akira Suzuki. AA publications, 2001
(La fotografía en blanco y negro pertenece a esta última referencia)
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