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azotea

"Desde tiempos inmemoriales el hombre ha querido subir a los tejados"

Le Corbusier

Ocurre a veces que en ese deambular dominical por librerías de descuento, encuentras libros que te impresionan profundamente, pero que dejas abandonados con un "ya lo compraré luego", hasta que te das cuenta que ha sido demasiado tarde y que el libro en cuestión volvió a su oscura estantería sin posibilidad de retorno. Entre otros, me pasó con un libro de fotografías de Madrid.

La particularidad del libro es que eran fotografías de los tejados y azoteas de Madrid. Recuerdo que de golpe, el libro me abrió una nueva perspectiva en la forma de ver la ciudad. Sin saberlo entonces, Madrid escondía en las alturas parques de estatuas que llevan contemplando décadas el paso de indiferentes transeúntes. Con sólo alzar la vista, pueden contemplarse las figuras desdibujadas por el contraluz de fantásticos animales o de hombres de corte neoclásico que se asoman por tejados que parecen inalcanzables. Madrid visto desde arriba, es un inmenso campo sembrado de prados de tejas, bosques de chimeneas de adobe desafiantes, y figuras de un bronce oscuro suavizadas por la erosión.

Me consta que no fui el único al que ese libro le descubrió nuevos espacios. O no es demasiada casualidad que películas como "La comunidad" o "El corazón del guerrero" por poner dos conocidos ejemplos, basen su acción en algunos de estos maravillosos tejados madrileños.

En Tokio los tejados están ocupados por azoteas, que sin formar el mosaico de tejas multicolor de Madrid, conforman unos espacios en su mayoría accesibles que son una perfecta vía de escape para alzarse sobre el estrés de la ciudad. En las alturas, la ciudad se presenta como una amalgama de edificios de diferentes alturas, coronados en su mayoría por arcaicos depósitos de agua que dan sombra a las antenas de televisión y parabólicas omnipresentes. A falta de zonas verdes, estas terrazas son un destino accesible para el solaz y para la contemplación de fenómenos enmascarados por una fina contaminación, como son los amaneceres, atardeceres, noches estrelladas e incluso la presencia del Fuji. Con suerte, en algún día de extraordinaria nitidez es posible observar alguno de estos cotidianos acontecimientos, aunque si bien antiguamente la ciudad presumía de tener lugares señalados para la visión del Fuji (generalmente en alguno de sus innumerables promotorios), hoy en día sólo queda uno de estos antiguos observatorios en Nishi-nippori, aunque un moderno edificio tapa la mitad de la imponente silueta que sólo se manifiesta ocasionalmente. Quedan los tejados como observatorios de la vida de una ciudad, no acostumbrada a mirar a las alturas más allá de los anuncios de neón. La palidez de un atarceder en Tokio no puede competir con el espectáculo de vivídos colores de las pantallas de televisión y de los anuncios estáticos.

Los tejados de antiguos edifcios como los del Doujunkai, son auténticas joyas en donde persistentes matorrales o valerosas plantas de interior, han colonizado las grietas del viejo hormigón, creando esteparios jardínes muy del gusto zen. En otros tejados con más suerte, los vecinos han creado a conciencia un pequeño jardín a base de macetas, en donde poder atisbar algo de ese verde que no cabe en las pequeñas terrazas-tendederos-one-room. Cada azotea de cada edificio tiene un encanto particular, que esperas descubir cuando subes los peldaños de la escalera, con ese goze de peligrosidad a sabiendas de que estas entrando en una propiedad privada. Una vez arriba, el tiempo se detiene y recorres lentamente las esquinas, buscando los mejores reflejos de una ciudad que desde las alturas ofrece un espacio despejado de cables y mucho más respirable. Es el momento entonces de entregarse a la contemplación ociosa, o al disfrute un libro o una canción en este particular jardín en las alturas.

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