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reciclaje
"Aquellos que no quieren imitar, no producen"
La palabra copia se cierne sobre todos los aspectos culturales e industriales de Japón, como una sombra que pone en entredicho la excelencia del país. Para muchos, desde tiempos antiguos Japón ha sido un país que se ha limitado a copiar y asimilar las influencias que le iban llegando desde el continente, a través de filtros impuestos por China y Corea. Otros aceptando este hecho histórico, hablan de la copia y mejora realizada en Japón como el punto fuerte de un pueblo que ha sido capaz de mejorar desde la pintura en tinta china (suiboku) hasta un transistor. Aunque ambas son visiones parciales que no hacen justicia a una creatividad japonesa que ha producido una cultura singular con influencia internacional en todas las artes, reflejan un hecho que desde luego reside en los principios de la cultura japonesa.
La copia, que no el plagio, se resume en japonés con la palabra honka-dori. Y lejos de ser un adjetivo descalificativo, alude al homenaje y autorealización del alumno que intenta emular al maestro. El proceso de copia no es un acto creativo en si, pero si la forma por la que adquirir la técnica necesaria que permita una verdadera creación. En todas las artes japonesas, antiguas escuelas han sido depositarias de estilos diferentes que han preservado técnicas que de otro modo se hubieran perdido. En ellas, los artistas siguiendo un estilo fuertemente marcado, innovaban de acuerdo a los gustos de la época sin perder el respeto por la tradición. Algo muy diferente a las escuelas de pintura Europeas, en donde las fuertes individualidades terminaban aflorando y fragmentando la escuela cuando fallecía su fundador.
Yamaguchi Akira - Caricature of Shino-Japanese war & Russo-Japanese war serie, 2002Yamaguchi Akira, Aida Makoto y Tenmyouya Hisashi son pintores contemporáneos japoneses que se han servido del honka-dori para ofrecer una perturbadora mirada a las raíces del arte japonés. A primera vista, sus cuadros poco se diferencian de las clásicas pinturas contenidas en biombos (byobu) de los museos, con escenas que fácilmente podrían encontrarse en alguno de los más famosos ukiyo-e. Sin embargo, una cuidadosa observación revela que modernos elementos parecen haber hecho un viaje temporal. Así vemos modernos salary-man flirteando con cortesanas en kimono, samurai que han cambiado sus caballos por modernas motocicletas, o robots como personificación de antiguos demonios. No hay estridencias en estos cuerpos extraños, que encajan a la perfección en estos modificados cuadros que parecen revelaciones de un futuro posible pintados por algún pintor de época bajo los efectos de algún alucinógeno. La síntesis entre tradición y modernidad es alcanzada con precisión y respeto por los maestros, mostrando a la vez aspectos de la vida moderna que al contraponerlos con la vida antigua, demuestra que hay jerarquías demasiado arraigadas en la sociedad japonesa difíciles de limar por el paso de los siglos.
Tenmyouya Hisashi - Legendary warriors serie, 1996Curiosamente, este "trío de ases" está representado por Mizuma Art Gallery.
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"Desde tiempos inmemoriales el hombre ha querido subir a los tejados"
Ocurre a veces que en ese deambular dominical por librerías de descuento, encuentras libros que te impresionan profundamente, pero que dejas abandonados con un "ya lo compraré luego", hasta que te das cuenta que ha sido demasiado tarde y que el libro en cuestión volvió a su oscura estantería sin posibilidad de retorno. Entre otros, me pasó con un libro de fotografías de Madrid.
La particularidad del libro es que eran fotografías de los tejados y azoteas de Madrid. Recuerdo que de golpe, el libro me abrió una nueva perspectiva en la forma de ver la ciudad. Sin saberlo entonces, Madrid escondía en las alturas parques de estatuas que llevan contemplando décadas el paso de indiferentes transeúntes. Con sólo alzar la vista, pueden contemplarse las figuras desdibujadas por el contraluz de fantásticos animales o de hombres de corte neoclásico que se asoman por tejados que parecen inalcanzables. Madrid visto desde arriba, es un inmenso campo sembrado de prados de tejas, bosques de chimeneas de adobe desafiantes, y figuras de un bronce oscuro suavizadas por la erosión.
Me consta que no fui el único al que ese libro le descubrió nuevos espacios. O no es demasiada casualidad que películas como "La comunidad" o "El corazón del guerrero" por poner dos conocidos ejemplos, basen su acción en algunos de estos maravillosos tejados madrileños.
En Tokio los tejados están ocupados por azoteas, que sin formar el mosaico de tejas multicolor de Madrid, conforman unos espacios en su mayoría accesibles que son una perfecta vía de escape para alzarse sobre el estrés de la ciudad. En las alturas, la ciudad se presenta como una amalgama de edificios de diferentes alturas, coronados en su mayoría por arcaicos depósitos de agua que dan sombra a las antenas de televisión y parabólicas omnipresentes. A falta de zonas verdes, estas terrazas son un destino accesible para el solaz y para la contemplación de fenómenos enmascarados por una fina contaminación, como son los amaneceres, atardeceres, noches estrelladas e incluso la presencia del Fuji. Con suerte, en algún día de extraordinaria nitidez es posible observar alguno de estos cotidianos acontecimientos, aunque si bien antiguamente la ciudad presumía de tener lugares señalados para la visión del Fuji (generalmente en alguno de sus innumerables promotorios), hoy en día sólo queda uno de estos antiguos observatorios en Nishi-nippori, aunque un moderno edificio tapa la mitad de la imponente silueta que sólo se manifiesta ocasionalmente. Quedan los tejados como observatorios de la vida de una ciudad, no acostumbrada a mirar a las alturas más allá de los anuncios de neón. La palidez de un atarceder en Tokio no puede competir con el espectáculo de vivídos colores de las pantallas de televisión y de los anuncios estáticos.
Los tejados de antiguos edifcios como los del Doujunkai, son auténticas joyas en donde persistentes matorrales o valerosas plantas de interior, han colonizado las grietas del viejo hormigón, creando esteparios jardínes muy del gusto zen. En otros tejados con más suerte, los vecinos han creado a conciencia un pequeño jardín a base de macetas, en donde poder atisbar algo de ese verde que no cabe en las pequeñas terrazas-tendederos-one-room. Cada azotea de cada edificio tiene un encanto particular, que esperas descubir cuando subes los peldaños de la escalera, con ese goze de peligrosidad a sabiendas de que estas entrando en una propiedad privada. Una vez arriba, el tiempo se detiene y recorres lentamente las esquinas, buscando los mejores reflejos de una ciudad que desde las alturas ofrece un espacio despejado de cables y mucho más respirable. Es el momento entonces de entregarse a la contemplación ociosa, o al disfrute un libro o una canción en este particular jardín en las alturas.

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