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un atardecer
Tras pasar el día en la playas de agua verde esmeralda de Omijima, en la provincia de Yamaguchi, volvíamos por la pequeña carretera de la costa que bordea el bello mar de Japón. Nuestro destino era Kita-Kyushu, aunque antes habríamos de hacer parada para probar uno de los platos típicos de la región:kawara-soba. Hecha a base de soba con té verde y carne de cerdo, es cocinada sobre una teja de cerámica igual a las usadas en las casas tradicionales.
El sol comenzaba su perezoso camino hacia las profundidades del horizonte, y mirando el paisaje desde el coche, nos preguntábamos, sin hacerlo en voz alta, cual sería el mejor lugar para la contemplación de este casi olvidado espectáculo. En lo que parecía un repecho de la costa, un destartalado cartel anunciaba un hotel con terraza. Cruzando el pequeño paso a nivel del tren local y ocultada por un pequeño pinar, una explanda tomada por los arbustos se abría en lo que debería de haber sido el parking del hotel. Frente al mar y sobre un imponente acantilado, una estructura de madera carcomida y precintada, era el único vestigio de lo que debería de haber sido una hermosa terraza con vistas al atardecer, en donde rasgados farolillos todavían colgaban meciéndose al son de aprendidas melodías de antaño. A la derecha, el eterno hormigón daba cuenta del pequeño hotel con hermosas habitaciones al mar, donde los únicos huéspedes que quedaban eran enormes insectos que transitaban por las paredes con la confianza de sentirse en su casa.

Aunque un tanto tenebroso, era el lugar perfecto. Arrullado por el sonido del mar rompiendo en las rocas, y el característico aullar de las cigarras del pinar cercano, el hotel podría haber sido un aislado oasis de paz frente a la costa. El sitio idóneo para acabar un día de playa, sentado en su fresca terraza con la madera recién empapada por la manga, y con la mirada perdida en el horizonte. Disfrutando quizás de algunos pescados locales hechos en una pequeña parrilla, acompañados de algún sochu autóctono. Sin embargo, como si hubiese sido abandonado con urgencia, el hotel se consumía en el inexorable pasar del tiempo. A través de las desechas cristaleras, se atisbaban tatami carcomidos y un mobiliario astillado por la humedad y el salitre. Era desolador ver la nevera abierta del bar, y la cámara con un viejo logo de Coca-cola, donde las sodas para combatir el calor del verano reposaban hechas añicos. Algunas habitaciones todavía accesibles habían sido saqueadas a conciencia, despojadas de sus tatami y de sus embellecedores de madera. El hormigón pelado contribuía a la desnudez de unas habitaciones, en donde mugrientos futones y yukatas habían sido abandonados, junto a algunos muebles cuyas formas se habían tornado irreconocibles.
Era un paisaje irreal suspendido en la tenue claridad del crepúsculo. La atmósfera del lugar se hacía más inhóspita a medida que el sol titilaba en el horizonte y la intensidad de la luz disminuía, como si nos dijese que no eramos huéspedes bienvenidos al baile de fuegos fatuos que comenzarían con la negrura de la noche. En el momento en que nuestras sombras se fundieron con la oscuridad del lugar, decidimos abandonar el hotel. En todo ese tiempo, sólo algunos monosílabos y el ruido del film al pasar, habían interrumpido la contemplación de un atardecer en todo silencioso, sobrecogidos como estabamos por la solemnidad del lugar.

Unas fotos muy buenas. El balance de blancos es perfecto.
Publicado por: Jose A | Septiembre 2, 2005 10:10 AM