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historia de un paraguas

En los días de lluvia, los paraguas de plástico transparente van de mano en mano por las calles de Tokio. Estos impersonales paraguas de mango blanco, frágiles varillas y endebles lonas transparentes, añaden uniformidad al gris de los días lluviosos.

Varias veces he pensado en seguir a uno de estos paraguas en su larga travesía de mano en mano. Comprado a toda prisa en algún konbini por algo menos de 500 yenes, al menos cambiará dos o tres veces de mano, confundido con alguno de sus idénticos semejantes en algún paraguero de un restaurante cualquiera. Otros permanecerán en el olvido cuando la lluvia haya acabado, para ser rescatados algún día por alguna mano furtiva con urgencia de guarecerse. Y los más longevos, terminarán su recorrido en la puerta de alguna casa, donde con suerte disfrutarán de algún otro paseo de la mano de algún inquilino.

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Sin embargo, la existencia de estos paraguas es tan frágil como el metal de sus varillas, y más pronto que tarde, el viento jugueteará hasta la muerte, o el óxido o la humedad terminarán por pudrir su estacionaria existencia de los crueles días claros.

Nadie le echará en falta. Su recambio gemelo aguarda impaciente a ser recogido en algún paraguero improvisado en un día lluvioso.

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