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voyeur

En este fin de semana de santorales y homenajes varios, no voy a hacer un gastado homenaje a Cervantes, aunque sí recomendar el número de enero de "Studio Voice", que incluía una interesante lista de recomendaciones literarias para este año. Esta interesante y asequible revista de tendencias, autodefinida como multi-media mix magazine, cada mes gira en torno a algún tema monográfico tratado con indudable gusto y saber hacer. En esto de las listas y demás rankings, los medios japoneses se muestran muy democráticos, y pueden llegar a compartir lista -como pasa en este número-, un libro del Subcomandante Marcos con el libro subido de tono de alguna aidoru de moda.

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Aunque creo que a la hora de comprar un libro, es mejor dejarse de listas y recomendaciones, y apostar por un valor seguro como son los clásicos, haré mi particular recomendación sobre dos libros de fotografías de temática parecida, pero tratada de forma diferente. Las mujeres de los fotógrafos aunque imaginadas como musas inspiradoras, quizás sean más el perfecto campo de pruebas para un fotógrafo, que sabe que en todo momento puede echar mano de una socorrida y voluntariosa modelo. Sin embargo, un repaso a alguna de estas colecciones de fotos, por lo general nunca publicadas por eso de la intimidad, es un recorrido por los vericuetos de relaciones a veces tormentosas, como la de Man Ray con Lee Miller. Pero sobretodo, es la constatación vouyearista de unas relaciones por medio de unas instantáneas, que no serán muy diferentes de esas que pasarán ante tus ojos en el momento de tú muerte.

Uno. Un libro de fotografías que es ya un clásico. Las fotografías que Araki tomó de su mujer hasta su muerte en 1990, en una colección titulada simplemente con el nombre de su mujer: "Yoko".

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Una apropiada metáfora del papel de la fotografía la encontramos en la propia cámara de fotos. Un espacio negro, rasgado por la luz durante unas décimas de segundo. Las justas para formar una imagen en el negativo. En cierto sentido, las fotos de Araki son como un resplandor, una mirada que se abre en las oscuridades de los tabúes sociales, para formar una imagen en la conciencia social de un pueblo atado por convencionalismos de todo tipo. Hasta la publicación de este libro de fotos, el cáncer se sitúaba en el mismo nivel que el sexo, en la lista de temas tabúes del momento. Una muerte por cáncer o el padecerlo, era comparable al estigma de sufrir la sífilis hace algunas décadas, como retrataba Kurosawa Akira en su magnífica y poco conocida película "Shizukanaru ketto". En 1996, el libro de Araki en memoria de su mujer vio la luz, y con él la polémica. Por vez primera, el cáncer se reconocía abiertamente, e incluso se mostraba como una persona enferma y sin cura, podía vivir dignamente sin necesidad de esconderse. Como se ha dicho en algunos medios, Araki es el Andy Warhol de la sociedad japonesa, en su función de artista de calado social. Al igual que Warhol trató temas tabú del momento en la sociedad americana de los 70 como el uso de drogas y la homosexualidad, Araki ha destapado muchos de los tradicionalismos japoneses. Un año más tarde la publicación de "Yoko", una nueva aproximación al cáncer fue realizada por Kitano Takeshi en la excelente y premiada "Hana-bi". El tabú había sido asimilado.

Dos. En este voyeurismo sobre las vidas en pareja, se sitúa también un libro más reciente sobre el papel de estas musas venidas a menos. Meisa Fujishiro, un prometedor fotógrafo japonés casado con la modelo Tanabe Ayumi, publicó el año pasado un intimista relato fotográfico de su esposa, con fotos tomadas durante tres años de convivencia. El libro, titulado "Mô, ieni kaero" (venga, volvemos a casa), podría bien subtitularse como "La otra cara de una modelo". Fotografías de escenas cotidianas, donde vemos a una chica con cara de sueño, o un rostro que podría ser el de cualquier chica normal, con el que rápidamente nos identificamos en el devenir de una vida salpicada de pequeños viajes, quehaceres domésticos, o insulsas tardes de aburrimiento. Sin embargo, incluso entre la cotidianidad de una vida en pareja, distinguimos la mirada de amor con que fueron tomadas esas fotografías. Una mirada, que al igual que en el libro de Araki, es muy diferente de esas otras fotografías tomdas a ocasionales modelos en el curso de una carrera profesional.

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Quizás es que cuando fotografías a tu pareja, es el corazón el que mira por el objetivo.

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Shibaura

tokio-ciudad-del-neón es un tópico que ilustra a la perfección el capitalismo salvaje que se esconde tras los miles de anuncios que empapelan esta ciudad. Es un capitalismo ruin que te asalta en los lugares más insospechados. Entras en el metro, y por si viajar como el ganado no fuese claustrofóbico, la marea visual de un caótico vagón multicolor oprime tus sentidos con los colores brillantes del papel cuché. Curioso que siempre los sueños te los vendan en vívidos colores.

La mejor manera de saber que les pasa por la cabeza a los despiadados creativos japoneses es echar un vistazo al "Kokoku Hihyo", una revista mensual que recoge lo mejor de la publicidad japonesa en todos los formatos, así como las campañas publicitarias más originales a nivel mundial. Asi te enteras por ejemplo que una "brillante" idea fue meter a una pobre chica en una enorme jaula de cristal en medio de una librería, con una pila de revistas para que pasase el rato. No fue un "experimento sociológico", ni una performance con mensaje. Simplemente una ocurrencia para vender el Tokyo Designers Block. "Qué estupendos y originales que somos", debieron pensar.

El último número me desveló una incógnita que me perseguía desde hace semanas por todo Tokio. Una incógnita color azul cielo que respondía al nombre de Shibaura ocupaba vallas publicitarias de muchos lugares de Tokio, y hasta la portada del último número del "Kokoku Hihyo".

Shibaura es un proyecto arquitectónico que podría considerarse un Odaiba a pequeña escala. Odaiba es una isla artificial construida en la bahía de Tokio hará algo más de diez años. Se concibió como un proyecto faraónico en plena burbuja económica, como solución a los problemas de espacio urbano que presentaba Tokio. Por aquella época de economía desbocada, se decía que si al emperador le diese por vender el terreno que ocupa su "humilde" morada en pleno centro político-financiero de Tokio, podría comprarse TODO el Estado de California. Una barbáridad financiero-inmobiliaria de la que ya sabemos su final. Con Odaiba se ganaba terreno al mar, y se construía de cero la utopía de todo urbanista con aires de visionario, o de sociólogo resentido, según se mire. A día de hoy, Odaiba es un gran descampado unido a Tokio por un puente colosal, que al menos sirve de tránsito entre Tokio y Chiba. Para aparentar, algunos edificios temáticos y grandes centros comerciales dan color y animación a los pocos afortunados inquilinos de una isla que cuenta con la única playa urbana de Tokio.

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Shibaura es un nuevo intento pero con un planteamiento ligeramente diferente. Aunque en cuanto a concepto comparte mucho con Odaiba, el proyecto se desligó del concepto de Odaiba cuando en 1998, en plena crisis económica, se apostó por la densificación urbana como solución a la escasez de suelo, y como medida de reactivación económica con la construcción de nuevos rascacielos con apoyo gubernamental. Así vieron la luz Roppongi Hills y los rascacielos de la zona de Shimbashi entre otros. Se decidió entonces exportar este modelo de crecimiento vertical a una comunidad residencial, siendo una pequeña isla esta vez perfectamente conectada a Tokio, la que albergara una urbanización privada sólo al alcance de los nuevos ricos, y sus mascotas por supuesto.

Los ricos lo compartirán todo, incluidos bicicletas y coches de uso exclusivo en la isla. Los niños de los ricos no se quedarán en casa, sino que se podrán mezclar en la guardería o en el parque con otros niños ricos. Si se ponen malos, a la clínica privada, aunque deporte es salud y más si es realizado en modernas instalaciones deportivas privadas. ¿Que se te olvidó comprar algo en el supermercado privado y ya está cerrado? Sin problemas. Compra el antojo de la parienta en el konbini privado. ¿Quieres dar envidia a tus amigos? Una fiesta en la sala de fiestas común "Lady Ana" les dejará anonadados.

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Movido por la curiosidad, y antes de que lo privaticen todo y nos conviertan a los desgraciados no propietarios en personas non grata, me pasé a inspeccionar la isla. Iba con la ilusión de ver una de esas ciudades inmaculadas, nuevas, y casi del futuro, pero sólo encontré una gran zona en estado de obras que no tenían pinta de avanzar muy rápidamente. De hecho, hasta el 2007 no estará todo el complejo terminado, aunque la primera torre se inagurará la próxima primavera.

Es pronto para evaluar el impacto de este tipo de comunidad cerrada en la sociedad japonesa. Sobre el papel, Roppongi Hills compartía mucho de esta comunidad vertical sólo para ricos, a modo de una pequeña ciudad en miniatura que minimizaría tiempos de transporte. Pero Shibaura es ligeramente diferente en concepto, ya que sólo se pretende que sea un ghetto residencial aislado del resto de la ciudad. De momento, la fuerte campaña de publicidad va enfocada a los miles de trabajadores de las colindantes zonas de Shinagawa y Shimbashi. En especial, a los trabajadores de la empresa Dentsu, el gran gigante de la publicidad japonesa...

FOTO 1: Rainbow Bridge, el puente que conecta Tokio con Odaiba. Al fondo, dos solitarias torres de apartamentos.

FOTO 2: En construcción.

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de lo efímero

Disfrutar de los cerezos en flor entre multitudes dista mucho de la concepción de belleza asociada a esta típica celebración japonesa. Sin embargo, la esencia de esa belleza sublime siempre perseguida puede encontrarse en cualquier estampa callejera. No descubro nada hablando de la transitoriedad asociada a los cerezos durante siglos de desarrollo estético japonés. Pero conviene hacer notar que la belleza de un cerezo no reside en sus simples flores de tonos pálidos, sino en el juego que establecen con el aire cuando se desprenden delicadamente de una ramas que son efímera morada. El espectáculo de ver caer esta lluvia de pétalos arrastrados por el viento, es algo digno de ver, incluso sentado entre miles de personas rozanado el coma etílico.

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El fin de semana pasado por fin llegó la eclosión floral a Tokio. Un sábado radiante, más propio de un caluroso día de verano que de primavera, permitió que desde primeras horas de la mañana, miles de japoneses luchasen por conseguir unos metros de lona con vistas a algún cerezo. Pero lo mejor estaba por llegar. Un domingo ventoso se encargó de crear espontáneos torbellinos florales, y de alfombrar el negro asfalto con estas débiles florecillas. Al viento le siguió una lluvia que convirtió el breve asfalto orgánico en masas putrefactas de tejidos vegetales, acumulados y despreciados por los mismos que unos días antes habían loado su belleza.

Cruel destino.

Una anécdota. Quién me iba a decir que el mejor sushi que probaría en mi vida sería en un hanami en pleno parque de Ueno. Y es que quiso la casualidad que nuestros vecinos de hanami fuesen unos yakuza con familia incluida, que no dudaron en compartir con nosotros unas viandas al alcance de muy pocos. También por vez primera ví un fajo de billetes "grandes", sujeto por uno de esos horteras clips de oro y brillantes, que aparecen en las películas de mafiosos italianos residentes en Manhattan. También quiso la casualidad que finalmente el miedo nos pudiese, y tuviesemos que trasladar nuestro "campamento" a un acogedor karaoke.

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historia de un paraguas

En los días de lluvia, los paraguas de plástico transparente van de mano en mano por las calles de Tokio. Estos impersonales paraguas de mango blanco, frágiles varillas y endebles lonas transparentes, añaden uniformidad al gris de los días lluviosos.

Varias veces he pensado en seguir a uno de estos paraguas en su larga travesía de mano en mano. Comprado a toda prisa en algún konbini por algo menos de 500 yenes, al menos cambiará dos o tres veces de mano, confundido con alguno de sus idénticos semejantes en algún paraguero de un restaurante cualquiera. Otros permanecerán en el olvido cuando la lluvia haya acabado, para ser rescatados algún día por alguna mano furtiva con urgencia de guarecerse. Y los más longevos, terminarán su recorrido en la puerta de alguna casa, donde con suerte disfrutarán de algún otro paseo de la mano de algún inquilino.

serie kasa monogatari

Sin embargo, la existencia de estos paraguas es tan frágil como el metal de sus varillas, y más pronto que tarde, el viento jugueteará hasta la muerte, o el óxido o la humedad terminarán por pudrir su estacionaria existencia de los crueles días claros.

Nadie le echará en falta. Su recambio gemelo aguarda impaciente a ser recogido en algún paraguero improvisado en un día lluvioso.

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nadie lo sabe

Haciendo la compra nocturna por Ikebukuro, un descubrimiento. En la zona más comprometida de este barrio, entre sex-shop, clubes de mala muerte y demás locales relacionados con el sexo, justo encima de un pachinko se sitúa un pequeño y moderno cine de autor. Fue una casualidad que viese un viejo poster de "Los siete samurai" y me acercase a mirar. Cual fue mi sorpresa al descubrir que están programando un ciclo sobre Kurosawa Akira para todo este mes. Una oportunidad para revisar algún clásico, aunque desde aquel intensivo ciclo en la Filmoteca, poco de Kurosawa me queda por ver.

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De vuelta a casa, por fin pude alquilar "Daremo shiranai" (Nobody knows), la famosa película por la que Yagira Yuya ganó el premio al mejor actor en el Festival de Cannes del 2004.

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Impresionante película, o mejor dicho, experimento cinematográfico. Rodada en el curso de un año, es una película intimista que narra una gélida tragedia arropada por tiernos y cotidianos sentimientos, de una forma muy cercana a "La habitación del hijo" de Nanni Moretti. Sin embargo, Kore-eda Hirokazu, el director, apuesta por una deconstrucción del guión muy afortunada a la hora de trabajar con niños, como la empleada por Zhang Yimou en "El camino a casa". El director planteaba situaciones, como por ejemplo una cena familiar distendida e irformal, y los actores debían de crear el ambiente y los diálogos, resultando una naturalidad cercana al documental de una improvisación pasmosa. Rodada con una hermosa fotografía muy natural, es una película de sentimientos muy a la japonesa, donde los silencios rellenan los afectos, y las miradas y los gestos hablan por el corazón. Pero además, Kore-eda demuestra un sólido oficio, y sorprende la maestría con la que combina los fríos planos generales cargados de soledad contenida, con primerísimos planos de pequeños gestos u objetos.

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Una gran película de la que me arrepiento no haber tenido tiempo en su momento de verla en pantalla grande.

FOTOS: Algunos fotos tomadas durante el rodaje, que captan muy bien la atmósfera del film

El excelente director de fotografía de esta película, y colaborador habitual de Kore-eda es Yutaka Yamasaki.

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