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Moriyama - Shinjuku - Araki

Probablemente los dos fotógrafos japoneses con mayor reconocimiento internacional sean Daido Moriyama y Nobuyoshi Araki, dos personalidades casi opuestas, que han sabido crear un inequívoco estilo propio que todavía tiene mucho que decir. Aunque su estilo lleve presente desde los 60.

Una exposición en el "Tokyo Opera City Art Gallery" ha conseguido reunirles bajo un denominador común: Shinjuku. Un microcosmos en pleno Tokio. Crisol de tendencias, vicios, glorias y perversiones. O esencia de una "definida" sociedad japonesa, a la que tanto se intenta etiquetar. Un paseo por Shinjuku y habrás visto todas las caras de Japón. Volverás a verlas, en diferentes lugares y a diferentes escalas, pero siempre la esencia germinal será la misma. Sin embargo, no creas poder abarcar la inmensidad de una cultura con una sola mirada. Shinjuku es más que una enorme colmena de celdas en frágil equilibrio, es un hervidero humano que como la vida, está en cambio continuo. Por eso lo que se ve hoy, mañana con probabilidad habrá desaparecido.
Así es la sociedad japonesa, como una foto de Moriyama. Fotos borrosas (bure) y desenfocadas (boke), que parecen esquivar la mirada inquisitiva de un espectador ávido de detalles. Craso error. Las fotos de Moriyama parecen sugerir más que mostrar, como si de se tratasen de recuerdos atrapados en una nebulosa temporal, descoloridos y vahídos de los detalles vívidos con los que una vez fueron almacenados. Así es la vida, y así es Shinjuku. Una amalgama de gentes y edificios, en donde Moriyama lleva leyendo los sueños de una sociedad en los nudos de huesudas estructuras de hormigón, como si del protagonista de "Hard-boiled Wonderland..." se tratara.

Las fotos de Araki son de una claridad cegadora. Los detalles nos son mostrados en toda su crudeza, rezumando un sexo sucio en medio de un blanco y negro de una pulcritud casi virginal. Los retratos de Araki provienen de los desheredados habitantes de los bajos fondos de Shinjuku. Lugares proscritos inexistentes en la conciencia colectiva japonesa, aunque fulgurantes luces de neón proyectan sombras enfermizas en el frágil envoltorio moral de esta consciencia. Sin embargo las fotos de Araki son un espejo de nuestras propia bajeza humana; los rostros anónimos de cuerpos desnudos nos son familiares. Sus extrañas posturas sado no invitan al deseo, sino a meditar sobre el tránsito de una vida que deja su impronta en la imperfección de unos cuerpos marchitos, lejanos a esas construcciones corporales de las revistas de moda.

La exposición no sólo se nutre del dilatado trabajo de campo que han venido haciendo estos antropólogos de las entrañas humanas en Shinjuku durante largos años. También propone un experimento singular: Reunir a estos dos colosos en el mismo espacio-tiempo de Shinjuku, y dejarles vagar algo más de una hora con una cámara en la mano. El resultado es una mirada al Japón de hoy en día, sin una pizca de innovación. Como si la potencia creativa de estos dos fotógrafos se diluyese en los yenes de un jugoso trabajo de encargo, donde sus nombres figuran en grandes letras de bajorrelieve. El paseo cámara en mano es mostrado en tres videos, que no hacen más que confirmar lo que se temía: una carrera a contrarreloj por las calles de Shinjuku tirando fotos sin parar, con la esperanza de encontrar una aguja entre tanta paja. Al final, Moriyama resuelve la papeleta del encargo con cierta sobriedad, gracias a su esmerado trabajo de laboratorio. Mientras que Araki, sólo pone la firma en unas fotos de colores "lomográficos".
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