cerezos

"Cerezos", Tokio, Japón. 2008
Canon T-90. Film Ilford PanF plus 50. Objetivo 50mm
pluma
"Pluma", Tokio, Japón. 2005
Canon AE-1 Program. Film Kodak T-Max 400 forzado 800. Objetivo 50 mm
Watanabe Katsumi
Desde que el barrio de Kabukicho se convirtiera en el nuevo Yoshiwara a principios de los sesenta, este pozo de perversión de estrechas calles controladas por la mafia ha sido un imán para multitud de fotógrafos, deslumbrados no por el glamour ni el brillo de un Japón en pleno crecimiento, sino por los desechos de esa maquinaria perfecta de hacer dinero. Kabukicho, una manzana del barrio de Shinjuku, representa la otra cara de Japón. Una cara de perversión, drogas, prostitución y desheredados. Un barrio que conocía a la perfección Watanabe Katsumi, un cronista a la sombra de los sin nombre. Un espectador que durante más de cuarenta años hizo de este barrio su hogar, y su particular circo de los horrores.

Nacido en la prefectura de Iwate en 1941, su carrera como fotógrafo comenzó en la oficinas regionales del periódico Mainichi en Morioka. Pronto se cansa de la vida rural, y en 1962 comienza a trabajar en el prestioso estudio fotográfico Tojo Kaikan de Tokio, cercano al palacio imperial. En Tokio descubre la intensa vida nocturna, y el efervescente bullicio de prostitutas, travestis y mafiosos que cada noche se citaban en Shinjuku. En 1965 deja el estudio fotográfico y se establece en Shinjuku como freelance. Noche tras noche recorre el barrio de Kabukicho, en busca de clientes a los que retratar: 200 yenes por tres fotografía en blanco y negro a entregar al día siguiente. Comienza así su impresionante colección de retratos de los más variados personajes, representantes todos de una fauna nocturna que iba cambiando con cada generación. Las fotografías de Watanabe no son especialmente artísticas. Son retratos nocturnos hechos con flash, sin ningún tipo de artificio técnico ni artístico. Pura fotografía documental de personajes anónimos condenados a vivir en las sombras, para no perturbar la imagen de modernidad y perfecta clase media que quería ofrecer Japón.
Watanabe murió en el 2005 sin haber visto reconocido su trabajo. Su legado consistía en algunas exposiciones, algunos libros y un par de apariciones en la televisión tratando de rescatar la historia de algunos de los personajes más marginales que había retratado. Un año después de su muerte, la galería Andrew Roth de Manhattan le dedicó una exposición y un libro que por fin sacaría a la luz el talento de este fotógrafo callejero: “Gangs of Kabukicho”. Bendecido por Nueva York, los japoneses han reconocido el talento de su compatriota y el Museo Watarium le ha dedicado una exposición retrospectiva que se puede ver estos días.

Elegir las mejores fotografías de entre las más de mil que conforman el archivo de Watanabe es una tarea titánica, por lo que se optó por mostrar el mayor número de fotografías posible, dividiéndolas en tres periodos: 1965-1977, 1978-1989 y 1990-2005. Para el primer periodo el mueso recrea la primera exposición de Watabane (en 1974) con fotografías cubriendo las paredes y el suelo sin ningún orden ni criterio. Se ofrecen también las historias de algunos de los personajes más singulares, y fotografías de paisajes en donde poder apreciar como ha ido cambiando Shinjuku. Particularmente sorprendente es la fotografía en donde el hotel Keio Plaza, primer rascacielos de Shinjuku, se alza solitario en un lugar hoy día plagado de edificios. O la de un recién construido edificio metropolitano, que desde su inauguración y hasta nuestros días continua en sus bajos okupado por vagabundos en silenciosa reinvidicación. Entre los retratos, aparecen personajes famosos fotografiados in fraganti, cadáveres, y compañeros de profesión como Araki, otro fotógrafo criado profesionalmente en Kabukicho. La muestra sirve también para mostrar algunas de sus fotografías a color, de paisaje y tomadas con cámara de gran formato, así como el material que utilizaba. Desde su inseparable chaleco, a sus cámaras, entre las que se incluye una muy baqueteada Yashica TL electro-x con motor de rebobinado, una Leica M3, una casi nueva Yashica T4 así como un par de cámaras de gran formato. Sólo se echa de menos la Fuji 6x9 con la que sale en los pequeños documentales para la televisión.
Y por supuesto, con motivo de la exposición un libro que esperemos sirva para recuperar a título póstumo a este gran fotógrafo documental.
fotografía arquitectónica japonesa
Resulta dificil establecer el momento en que la fotografía de edificios dejó de ser una tarea meramente documental, a ocupar una especialidad artística dentro de la fotografía junto a otras disciplinas como el retrato, el paisaje o la fotografía de moda. Pero sin duda fue una disciplina que nació al mismo momento que la cámara obscura. Las exposiciones exageradamente largas de las primeras fotografías y daguerrotipos convirtieron la tarea de fotografiar edificos en una tarea más placentera que pedir a las personas que posaran inmóviles durante una hora. Aunque para muchos, fueron las fotografías de Bernd y Hilla Becher a mediados del siglo XX las que realmente trascendieron la barrera documental. De una forma casual, las fotografías documentales sobre estructuras y edificos alemanes se convirtieron en iconos, en fotografías que emanaban en sus formas geométricas misterio y belleza.

La exposición en el Teien Art Museum indaga en las relaciones entre fotografía y arquitectura en Japón. Como no podía ser de otra forma, la fotografía de edificios nació en el mismo momento en que las primeras cámaras fueron introducidas en Japón, a través del asentamiento holandés de Nagasaki. La primera fotografía que se conserva de un edificio japonés corresponde al castillo de Kumamoto, y nace de una comisión documental creada por el clan Satsuma, para la preservación de monumentos. En una época en la que todos los castillos que se conservan en Japón han sido reconstruidos o construidos totalmente de nuevo, ver como eran originalmente sorprende por dos motivos: por su localización, rodeados de una maraña de casas que nada tiene que ver con los parques que les rodean actualmente; y por su forma, de grandes estructuras de madera combada, que sobre la rígida base de piedra parecen a punto de desplomarse. En parte también debido a una deficiente conservación fruto de un prolongado periodo de paz.
Aparte de las curiosidades documentales de edificios ya extintos o de edificios vistos hace cien años, como las sorprendentes fotografías de la Ciudad Prohibida de Pekin tomadas por un fotógrafo japonés a principios del siglo XX; la muestra sirve para marcar el verdadero comienzo de la fotografía artística arquitectónica japonesa en nuestros días, y de la mano de tres fotógrafos a los que se homenajea: Sugimoto Hiroshi, Hatakeyama Naoya y Aoki Jun. Tres fotógrafos que trascienden la inmovilidad de los edificios, para mostrarnos que en sus líneas y vértices se esconde una belleza que sólo se muestra a través de la lente.
